Apuntes de Malpaís es una cartografía emocional escrita con una brújula rota. Luis Pérez Ortiz nos ofrece un cuaderno de viaje que no pretende ser guía, sino testimonio: lo que se escribe cuando uno se detiene en medio del polvo, del silencio, del desconcierto. Cada página es como un fósil hallado en una grieta: fragmentario, pero lleno de significado.
Un territorio áspero y poético
“Malpaís” no es solo un espacio geográfico: es una metáfora de lo erosionado, de lo que resiste pero no florece. En ese paisaje de lava vieja, el autor encuentra no desolación, sino memoria. Y no una memoria lineal o luminosa, sino una que se arrastra como una sombra seca: padres que callan, voces que se pierden en la tierra, nombres que ya no significan nada pero que aún pesan.
La escritura de Pérez Ortiz es breve, contenida, pero no por ello menos intensa. Hay una precisión que raya en lo quirúrgico, una economía verbal que no ahorra emoción, sino que la destila.
Diario, crónica y espejismo
Este libro se desliza entre géneros. A ratos parece diario íntimo, a ratos ensayo poético, a ratos un archivo personal de imágenes y heridas. Pero nunca se detiene demasiado en definir su forma, porque lo que le importa es la pulsación que sostiene cada anotación: esa mezcla de asombro, extrañeza y pérdida que uno experimenta ante lo irrecuperable.
El autor no busca respuestas, ni siquiera certezas. Más bien recoge esquirlas de lo vivido y las ofrece al lector con la honesta humildad de quien sabe que recordar también puede ser una forma de doler.
Conclusión
Apuntes de Malpaís es un libro silencioso pero lleno de ecos. Una obra que habla de la tierra, sí, pero sobre todo de lo que en ella queda cuando la historia, el tiempo y el afecto se han sedimentado. Escrito desde el margen, y para quienes saben que a veces lo más importante no es la gran verdad, sino el gesto mínimo de registrar lo que tiende a desaparecer.



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