Cada uno por su lado y Dios contra todos. Memorias


Las memorias de Werner Herzog no son una cronologĂ­a de eventos ni un recuento ordenado de logros. Son un viaje febril por la mente de un cineasta que ha hecho del asombro, la obsesiĂłn y el riesgo sus brĂşjulas vitales. Cada uno por su lado y Dios contra todos es, en esencia, una colecciĂłn de pasajes que parecen extraĂ­dos de una novela de aventuras escrita con los nervios al aire, y sin embargo, todo es verdad —o al menos, verdad herzoguiana.

Lejos de idealizar su camino, Herzog se presenta como un hombre movido por impulsos viscerales: filmar, sobrevivir, escapar, construir imágenes que nadie más se atrevería a soñar. La escritura no es lineal ni pretende serlo. Los recuerdos saltan en el tiempo, como si fueran fragmentos de una cinta rota, y cada anécdota está narrada con la intensidad de quien ha vivido al borde del abismo, muchas veces de forma literal.

El libro respira con la misma voz que sus películas: hay poesía, hay brutalidad, hay humor seco y una devoción absoluta por lo inusual. Herzog no se interesa en encajar, ni en explicarse demasiado. Habla de la infancia con el mismo tono con que recuerda caminar cientos de kilómetros o lidiar con actores fuera de control. Cada escena parece tener una moraleja implícita, aunque él nunca la subraya.

Uno de los aspectos más fascinantes es cómo Herzog convierte lo cotidiano en lo mítico. Su mirada sobre el mundo es intensa y radical: no hay espacio para lo tibio. Ya sea hablando de una pelea en un set, de su madre o de una caminata por el desierto, todo está atravesado por una búsqueda existencial que lo impulsa más allá del arte: una necesidad de comprender lo inabarcable.

Cada uno por su lado y Dios contra todos no es solo un testimonio de vida, es un manifiesto involuntario de resistencia creativa. Una celebraciĂłn del compromiso absoluto con una visiĂłn personal, aun cuando esa visiĂłn implique incomodidad, dolor o locura. No se lee como una despedida ni como una rendiciĂłn de cuentas, sino como una afirmaciĂłn feroz de identidad: esta fue mi vida, y la vivĂ­ como si el cine —y el mundo— dependieran de ello.





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