La azotea no es solo un lugar físico: es un símbolo. Un punto de observación del mundo, pero también un refugio, una frontera entre el niño que observa y el adulto que vendrá. Desde esa altura modesta, el narrador —que es también una versión del propio autor— mira su entorno con una mezcla de inocencia, asombro y una creciente conciencia del dolor, del amor, de las tensiones familiares y sociales que lo rodean.
Cruz Ruiz tiene un estilo delicado, lleno de matices. Su prosa no corre, flota. Hay una cadencia casi poética en la forma en que rememora la vida cotidiana: el padre silencioso, la madre fuerte, los amigos, las primeras pérdidas, las preguntas sin respuesta. Lo que podría parecer pequeño —una conversación en la cocina, una tarde de verano— se vuelve esencial, porque está cargado de emoción contenida y verdad.
El autor escribe desde la ternura, pero no desde la idealización. Reconoce la aspereza de ciertos momentos, la frustración, la desigualdad, la tensión entre el deseo de crecer y el miedo a lo desconocido. Sin embargo, todo está contado con una elegancia que evita el dramatismo fácil. Lo que emociona aquí no es lo que se dice, sino lo que se insinúa.
En la azotea es un libro para quienes saben que el pasado nunca está del todo cerrado, que hay miradas de infancia que seguimos llevando dentro. Una novela que invita a la introspección, al reencuentro con lo esencial, y a entender que a veces basta con mirar desde arriba —aunque sea solo unos metros— para ver toda una vida en perspectiva.



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