Este mundo ciego es un lamento poderoso y una declaración de amor feroz. Jesmyn Ward escribe con la urgencia de quien ha visto de cerca la pérdida, el dolor y la injusticia, y aún asà se atreve a sostener la mirada. Este libro no solo narra una tragedia personal: es un grito contra un sistema que devora vidas jóvenes con una rutina aterradora, y una meditación sobre el duelo que arde mucho después del último adiós.
La autora se expone sin mĆ”scaras. Cada pĆ”gina vibra con honestidad brutal, como si las palabras fuesen arrancadas del pecho. Al contar la historia de cinco hombres —todos cercanos, todos muertos jóvenes— Ward construye un retrato colectivo que es Ćntimo y, al mismo tiempo, polĆtico. En este mundo ciego, no se trata solo de lo que se ve, sino de todo lo que se niega a mirar: la pobreza, el racismo estructural, la falta de oportunidades.
El estilo de Ward es poĆ©tico incluso en la desesperación. Hay pasajes que duelen, no por lo explĆcito, sino por lo que callan, por lo que dejan al borde de la garganta. El dolor aquĆ no se embellece, pero sĆ se transforma en algo profundamente humano. Y es esa humanidad —la capacidad de amar, de recordar, de escribir incluso en medio del naufragio— lo que convierte este libro en una obra luminosa, pese a la oscuridad.
Este mundo ciego no consuela. No da respuestas fÔciles. Pero sà ofrece algo mÔs raro y necesario: verdad. Una verdad que golpea, que incomoda, que abraza. Y que nos recuerda que incluso cuando todo parece derrumbarse, el acto de contar puede ser un gesto de resistencia, y también de redención.



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