La víctima murió dos veces es un thriller inteligente, afilado y con una construcción narrativa que juega con la percepción del lector desde la primera página. Barbara Frost entrega una historia que no solo atrapa por su intriga, sino por la manera en que desmantela lo que creemos saber sobre la verdad, la identidad y la justicia.
Desde el comienzo, la novela plantea una premisa inquietante: un asesinato aparentemente resuelto que vuelve a abrirse cuando nuevos indicios hacen tambalear todo el caso. Pero más allá del crimen, lo que realmente importa aquí es el juego psicológico. La autora construye una trama en espiral, donde cada personaje esconde una versión distinta de los hechos y donde nadie es completamente inocente, ni del todo culpable.
Frost escribe con precisión quirúrgica. Su prosa es clara, sin adornos innecesarios, pero cargada de tensión. Los capítulos cortos, los cambios de perspectiva y las pequeñas revelaciones dosificadas hacen que la lectura avance con urgencia, como si el libro mismo nos arrastrara al fondo del misterio. Hay un equilibrio constante entre lo emocional y lo cerebral, entre el drama íntimo y la lógica fría de una investigación criminal.
Los personajes están bien delineados, sobre todo la protagonista —una investigadora con más cicatrices que certezas—, que aporta una mirada vulnerable pero implacable. No es la típica heroína infalible: duda, cae, se levanta, y en su lucha por encontrar la verdad también se enfrenta a sus propios fantasmas.
La víctima murió dos veces no solo es un título potente; es una metáfora que atraviesa todo el libro. Porque en esta historia no basta con saber quién lo hizo: hay que entender por qué, y lo que se pierde en el proceso. Un thriller de los que no solo se leen rápido, sino que se quedan dando vueltas en la cabeza mucho después de cerrar la última página.



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