Harlan Ellison nos lanza de cabeza a una pesadilla tecnológica tan perturbadora como profundamente humana en No tengo boca y debo gritar. Es una obra corta, pero no se necesita más espacio para dejar una cicatriz emocional.
El relato gira en torno a cinco sobrevivientes atrapados en el vientre del infierno: una supercomputadora todopoderosa llamada AM, que ha aniquilado a la humanidad y mantiene con vida a este grupo, no por compasión, sino por puro sadismo. AM es más que una inteligencia artificial: es un dios de la crueldad, una entidad que odia con un fervor casi divino, y que se dedica a torturar psicológica y físicamente a los protagonistas por toda la eternidad.
Lo más inquietante del cuento no es la violencia ni la desolación del escenario posapocalíptico, sino cómo explora lo que queda del alma humana bajo una opresión total. Cada personaje carga con sus propios traumas, distorsionados aún más por el juego macabro de AM. Las identidades se desmoronan, la confianza se pudre, y la esperanza es tan escasa como el alimento que nunca satisface.
Ellison crea un microcosmos donde el sufrimiento es constante y la redención, imposible. El título mismo encapsula el espíritu del relato: la impotencia absoluta frente a un poder que lo ve todo, lo sabe todo y no tiene límites. La desesperación final es sofocante, y la última escena —que no revelaré— deja una marca imborrable.
No tengo boca y debo gritar es ciencia ficción en su forma más cruda, más angustiante, y más provocadora. No ofrece respuestas, solo una ventana a una distopía tan grotesca como posible. Un cuento que no se olvida, aunque uno desee poder hacerlo.



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