Cada una de las piezas seleccionadas en este volumen es como una montaña: elevada, intensa, a veces desbordada, siempre imponente. Hugo no le teme al exceso, y esa es parte de su fuerza. En su teatro, los personajes no caminan: declaman, se enfrentan, arden. Sus dramas están construidos sobre dilemas morales desgarradores, conflictos de poder, luchas entre el deber y la pasión, entre la fe y la libertad. No hay término medio; todo se juega en los extremos.
La influencia del romanticismo es evidente en cada rincón de estas obras, pero no como una fórmula, sino como una energía vital. Hugo rompe con las convenciones del teatro clásico: desafía la unidad de tiempo y espacio, desborda las reglas aristotélicas, y convierte la palabra en instrumento de revelación. Sus protagonistas suelen ser figuras trágicas, pero también profundamente humanas, con heridas abiertas y sueños imposibles.
Lo más poderoso de este Teatro escogido es que, a pesar del tiempo transcurrido, sus temas no han perdido vigencia: la tiranía, la injusticia, el destino, la dignidad del individuo frente al sistema. Las obras no envejecen porque están escritas desde una voz que no pertenece a una sola época, sino a todos los momentos en que la humanidad se ha visto obligada a elegir entre la obediencia y la verdad.
Leer este compendio es asomarse a una mente que entendía el teatro no como un simple entretenimiento, sino como una forma de sacudir al espectador, de despertarlo. Victor Hugo no escribe para la comodidad, escribe para el temblor. Y en ese temblor, lo eterno.
Teatro escogido no solo confirma la grandeza literaria de Hugo; la amplifica. Nos recuerda que, a veces, el drama más poderoso no es el que se representa en escena, sino el que se activa dentro de quien lo lee.



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