Todo empezó aquel verano es una novela que huele a tardes cálidas, a conversaciones en el porche y a recuerdos que duelen lo justo como para no querer olvidarlos. Adriana Trigiani, con su característico estilo cálido y envolvente, nos lleva a una historia donde la familia, los sueños y los afectos se entrelazan con la naturalidad de lo vivido.
Desde las primeras páginas, se siente ese tono nostálgico que tanto domina Trigiani: el verano no es solo una estación, sino un estado del alma, un punto de inflexión donde todo puede cambiar. La protagonista —fuerte, humana, llena de contradicciones— se encuentra ante decisiones que, aunque cotidianas en apariencia, son las que terminan marcando un antes y un después.
La ambientación es uno de los grandes aciertos del libro. Trigiani tiene el don de crear espacios que se sienten reales, casi palpables: pueblos pequeños donde todos se conocen, cocinas que huelen a pan recién hecho, silencios familiares cargados de historia. En ese entorno, los personajes crecen, tropiezan, se enamoran y se reconcilian con su pasado.
Lo que destaca de esta novela es su capacidad para hablar de temas profundos con una suavidad que no resta fuerza. Amor, pérdida, lealtad, identidad… todo está ahí, pero sin dramatismos vacíos. Hay una sensibilidad madura en la forma en que Trigiani aborda las relaciones humanas: sabe que el verdadero conflicto muchas veces está en lo no dicho, en lo que uno guarda por miedo, por orgullo o por amor.
Todo empezó aquel verano es un libro que invita a hacer pausa. A mirar hacia atrás sin amargura. A entender que a veces los veranos no son solo estaciones del año, sino momentos donde el corazón se permite cambiar de rumbo. Perfecto para quienes disfrutan de historias honestas, entrañables y profundamente humanas.



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