Un brazo y otros cuentos no es un libro que se entienda; es un libro que se siente, como un sueño del que uno despierta con el pecho apretado y la sensación de haber tocado algo invisible. Kawabata no escribe con tinta, sino con silencio. Cada cuento es una gota suspendida en el aire, cargada de belleza, de inquietud y de algo que se escapa entre los dedos: el tiempo, el deseo, la muerte.
El relato que da tĆtulo al libro es tan perturbador como poĆ©tico: un hombre pasa la noche abrazado a un brazo que una mujer le ha entregado, como si fuera lo mĆ”s natural del mundo. Y asĆ es Kawabata: toma lo imposible, lo surreal, y lo presenta con una calma que desarma, como si la extraƱeza fuera parte del dĆa a dĆa. Nada grita, nada explota. Pero todo duele.
Los cuentos son breves, casi fantasmas. Entran y salen de la mente como recuerdos falsos: la visita de una geisha, una conversación suspendida, una despedida que nunca se pronuncia. Lo importante no es lo que ocurre, sino lo que no se dice. El vacĆo es protagonista, y las palabras parecen apenas el eco de algo mucho mĆ”s grande y mĆ”s hondo.
La sensibilidad de Kawabata es inquietante porque no permite juicio. Sus personajes no son buenos ni malos; simplemente existen, cargan su tristeza con elegancia y siguen caminando por una niebla emocional que nunca se disipa. Hay belleza, sĆ, pero tambiĆ©n hay desolación, como en una flor marchita que uno no puede dejar de mirar.
Un brazo y otros cuentos es una experiencia mÔs que una lectura. Hay que dejarse arrastrar por su ritmo lento, por su delicadeza cortante, y aceptar que, al final, uno no entenderÔ del todo qué sintió, pero sabrÔ que sintió algo que no se parece a nada mÔs. Como un susurro que queda flotando después de que alguien se ha ido.



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