Calvario es una novela brutal, directa y sin concesiones que no se anda con rodeos ni adorna la violencia con eufemismos. Álber Vázquez ofrece aquí una historia que es más que un relato bélico: es una inmersión cruda en la resistencia humana, una prueba de cuánto dolor puede soportarse antes de romperse… o de volverse algo distinto.
Ambientada en un episodio real —aunque la historia no necesita saberlo para impactar—, la obra se mueve como un martillo narrativo. No hay tregua. Desde las primeras páginas, el lector es arrojado a una marcha forzada, tanto física como emocional, en la que cada paso se siente como una herida abierta. No hay héroes en sentido clásico, solo hombres arrastrando el cuerpo y el alma por un camino marcado por la fatiga, el hambre, el frío y la degradación absoluta.
El estilo de Vázquez es áspero, casi seco. Las frases cortas y repetitivas martillan ideas como si se tratara de golpes: el frío, la sed, la muerte que acecha sin necesidad de dramatismo. No hay lugar para el sentimentalismo: la emoción está, pero comprimida, destilada en su forma más dura y auténtica.
Lo más impactante es cómo el autor logra convertir el sufrimiento físico en una reflexión sobre la identidad, el deber, la dignidad y la brutalidad de lo absurdo. La guerra aquí no es un telón de fondo: es un personaje más, omnipresente, deshumanizante. Aun así, entre tanta oscuridad, aparece a veces una chispa de compañerismo, de humanidad casi extinta, que hace aún más doloroso todo lo que se pierde.
Calvario no es un libro para todos. Es incómodo, incluso claustrofóbico, y deja marcas. Pero ahí está su fuerza: en no querer agradar, en recordarnos que la historia está hecha no solo de victorias, sino también de derrotas desgarradoras que rara vez se cuentan. Una lectura que duele… pero que también perdura.




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