Morderse la lengua no es un libro que se lea; es un libro que se siente debajo de la piel. María Leach construye una obra íntima, fragmentada y poderosa, que se mueve entre el duelo, la maternidad y el lenguaje, con la precisión de quien ha aprendido a convivir con el dolor sin dejar que la tristeza lo diga todo.
Leach utiliza el poema breve, el verso libre, y a veces la prosa poética, como si cada palabra fuera una costra que se arranca con cuidado. Lo cotidiano —un desayuno, una conversación, una ausencia— se convierte en detonante emocional, en espejo donde el lector se encuentra con sus propias pérdidas o con el temor a tenerlas.
El gran acierto del libro es su honestidad descarnada. No hay máscaras ni consuelos forzados. La autora no pretende edulcorar la muerte ni dar respuestas espirituales; simplemente abre la herida y deja que respire. Pero, a pesar del dolor, el libro no resulta oscuro. Al contrario: hay una belleza luminosa en su forma de decir lo indecible, una especie de ternura seca que acompaña incluso en los versos más crudos.
Morderse la lengua es un ejercicio de contención emocional, una meditación sobre lo que callamos para sobrevivir y lo que necesitamos nombrar para no desaparecer con lo perdido. Breve en extensión, infinito en resonancia. Ideal para leer en silencio… y luego quedarse mirando al techo.




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