Libro del amigo y del Amado es una joya mística que no se lee: se contempla. Más que un libro, es una colección de destellos espirituales, como si alguien hubiese embotellado el alma en pequeñas frases capaces de iluminar o herir con la misma delicadeza. Ramon Llull, con la lucidez de los iluminados y la ternura de los poetas, construye aquí un mapa del amor divino que también sirve —curiosamente— para el amor más humano.
El libro está formado por breves pensamientos, casi aforismos, que dialogan entre sí sin necesidad de una trama, pero con una poderosa coherencia interior. El “Amigo” y el “Amado” no son personajes comunes, sino reflejos: uno busca, el otro se esconde y se revela a la vez. Hay un juego constante de presencia y ausencia, de deseo y renuncia, que hace que cada fragmento funcione como una pequeña oración o una herida abierta.
Llull escribe con una voz serena pero apasionada, como si cada palabra hubiera sido pulida por el silencio. La sencillez de la forma contrasta con la profundidad del contenido. Se habla del amor, sí, pero no de un amor cualquiera: es un amor absoluto, total, que consume y transforma. Un amor que se busca en la noche, en el dolor, en la soledad… y también en el gozo puro de saberse tocado por lo eterno.
Lo más bello del libro es su ambigüedad. El Amado parece divino, pero también podría ser un ser humano idealizado. El Amigo sufre, duda, se eleva, cae, reza. Todo en estas páginas respira devoción, pero también humanidad. Llull logra ese milagro raro: escribir sobre lo sagrado sin sonar dogmático, hablar de Dios sin alejarse del lector.
Libro del amigo y del Amado no es un texto que se agota. Se relee, se medita, se lleva en el bolsillo del alma. Es un libro para los que han amado tanto que el amor se les volvió plegaria. Para los que buscan en el silencio una respuesta, y en la respuesta, un nuevo misterio.
Escrito hace siglos, sigue latiendo con fuerza. Como un susurro del tiempo, como una brasa que aún no se apaga. Porque hay libros que envejecen y otros que, como este, permanecen despiertos, esperando a quien se atreva a mirarlos con el corazón abierto.



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