Desde el tĂtulo, la novela ya promete un enfoque distinto: hay humor, hay ironĂa, y sobre todo, una actitud descontracturada frente al crimen, como si resolver un asesinato pudiera ser parte de la rutina domĂ©stica de dos esposos curiosos. Jeff y Haila Troy —el dĂşo central— son tan carismáticos como metiches, y su participaciĂłn en el caso es lo que realmente hace brillar la historia. No son detectives profesionales, pero su intuiciĂłn y sentido comĂşn logran abrirse paso entre pistas falsas y situaciones cada vez más absurdas.
El ritmo es ágil, casi cinematográfico, con diálogos rápidos y escenas que se suceden como en una comedia de enredos, aunque siempre con un cadáver como recordatorio de que hay algo serio en juego. La atmósfera es más cercana a una obra de teatro que a un thriller oscuro: pocos escenarios, personajes bien definidos y un juego constante de sospechas.
Lo más disfrutable de la novela no es tanto el misterio en sĂ —aunque está bien estructurado—, sino la forma en que se cuenta. Roos no busca asustar ni impresionar con giros espectaculares, sino entretener con estilo. Hay un equilibrio justo entre la tensiĂłn del crimen y la ligereza de las relaciones personales, lo que convierte a El fiambre asustado en una lectura ideal para quien busca un crimen con sonrisa incluida.
Es, en resumen, una novela donde el cadáver importa, pero el encanto está en quienes lo encuentran.




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