Desde sus primeras páginas, la historia nos lanza a un universo donde la humanidad ha ido más allá de lo conocido… y ha encontrado algo que desafía toda lógica: dioses. Pero estos no son deidades místicas ni figuras religiosas clásicas, sino entidades de poder y conocimiento tan avanzadas que se confunden con lo divino. Lo fascinante es cómo Pel Torro juega con esta ambigüedad: ¿son realmente dioses o solo criaturas que nos superan en escala y comprensión?
La narrativa es ágil, directa, con ese estilo característico de la ciencia ficción de quiosco que no pierde tiempo en rodeos. Pero detrás del ritmo acelerado y los giros de trama, se esconde una pregunta más profunda: ¿qué lugar ocupa el ser humano en un universo donde no es el centro ni la cima de la evolución?
Los personajes, aunque construidos con trazo grueso, cumplen una función clara: ser vehículos para explorar dilemas existenciales y éticos. El protagonista no es un héroe convencional, sino más bien un testigo de lo inabarcable, alguien que se enfrenta a lo desconocido con una mezcla de asombro, temor y rebeldía.
Lo más destacable del libro es su capacidad para crear imágenes mentales desbordantes, casi psicodélicas. Pel Torro no tenía miedo de soñar en grande, y eso se nota en cada planeta, cada criatura, cada artefacto imposible que introduce. La imaginación está desatada, y aunque a veces se sienta caótica, nunca deja de ser estimulante.
El mundo de los dioses no es una novela perfecta, pero sí una experiencia única. Es de esos libros que recuerdan por qué la ciencia ficción puede ser tan poderosa: porque nos obliga a mirar hacia arriba, hacia lo inabarcable, y preguntarnos si acaso entendemos algo de lo que creemos controlar.




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