Polvos ardientes de la Segunda Calle es una novela que transpira ciudad, deseo y memoria. Marco Aurelio Carballo nos sumerge en un México urbano, carnal y desafiante, en el que cada callejón, cada personaje y cada palabra parecen manchados de humo, sudor y poesÃa marginal.
El tÃtulo ya sugiere fricción: “polvos” como encuentros sexuales, pero también como polvo del olvido, de lo que queda después del fuego. La Segunda Calle no es un escenario decorativo; es un personaje más, un punto de cruce entre los que sueñan con escapar y los que ya se resignaron. La novela respira el lenguaje de la calle, con un ritmo vibrante y sin concesiones.
Los personajes —jóvenes, desafiantes, extraviados— no buscan redención. Buscan vivir, sentir, incendiarse en una ciudad que no perdona, pero que tampoco les ofrece otra cosa que instantes intensos. Carballo escribe con una voz eléctrica, cargada de referencias culturales, guiños al periodismo, la literatura, la música y el erotismo. Su estilo es directo, salpicado de ironÃa, como si supiera que el lector no solo quiere leer, sino oler el ambiente, sentir el peso del calor y el pulso de la calle.
No hay moralismos ni finales edificantes. Aquà la belleza está en el caos, en las grietas, en los cuerpos que se cruzan con urgencia. La prosa es rápida pero no superficial; se detiene donde duele, donde incomoda, donde hay algo que mirar aunque no se quiera.
Polvos ardientes de la Segunda Calle no es una novela que se lee: es una que se vive. Quema en los dedos, late en el estómago y deja en la boca ese sabor a noche larga, a ciudad que nunca duerme del todo. Carballo entrega una obra cruda, honesta y rabiosamente viva, que retrata el México de abajo sin victimismo ni glamur: solo con verdad.




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